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SoloEnLaOscuridad

Finalista en otro certamen. Nuevo proyecto.

Ya está a la venta el primer número de Calabazas en el Trastero: Entierros.
Calabazas en el trastero es una revista antológica de carácter cuatrimestral centrada en el género fantástico, gótico, terror, y fosco en general que pretende abrir un precedente en la narrativa contemporánea. Por ello, y porque consideramos que todo lo nuevo es bueno, estamos abiertos a la participación de todo aquel que crea que puede aportar algo al género.

La primera convocatoria de Calabazas en el Trastero concluyó el pasado 30 de noviembre tras recibirse 36 obras válidas a concurso. De ellas se han seleccionado las siguientes trece que componen la primera antología de la colección, la cual llevará por título "Entierros":


1.-...y evitar los malos pensamientos (Manuel Mije)

2.-Certificado de defunción (Manuel Osuna)

3.-Cosecha de huesos (José María Tamparillas)

4.-De cómo el señor alcalde acude al debate nocturno de Budd (Juan de Dios Garduño)

5.-El cruce de la música (Francisco Jesús Franco Díaz)

6.-El tratado de Michael Ranft (Miguel Puente Molins)

7.-Es mi trabajo (Sergio Mars)

8.-La procesión de las plañideras (Jorge Mulero Solano)

9.-Moroaica (Juan José Hidalgo Díaz)

10.-No somos nada (Laura Luna)

11.-Todo es empezar (Pedro Escudero Zumel)

12.-Una tumba vacía (Juan Ángel Laguna Edroso)

13.-Y llorarán por ti (José Ignacio Becerril Polo)





La antología ha sido prologada por el escritor de Nocte (Asociación Española de Escritores de Terror) (http://www.nocte.es/blog/) Juan José Castillo y lleva portada de David M. Rus (http://www.rusartgal.com/).




La organización quiere destacar la elevada calidad de las obras presentadas y agradecer la buena acogida que ha tenido el proyecto. Asimismo, recuerda que ya está en marcha la segunda convocatoria del concurso, cuyas bases podéis leer en http://www.bibliotecafosca.com/ , dónde también se pueden consultar los puntos de venta de tu ciudad o Internet.



Para cualquier duda,está abierto el correo electrónico del certamen (calabazas@abadiaespectral.com) y un foro público que encontraréis en http://www.massive-effect.com/oz/?q=forum/96


Un saludo

El equipo de la
Asociación Cultural
La Biblioteca Fosca

 

Malos Augurios

Malos Augurios



Scifiworld, la revista de cine fantástico, organiza en el marco del Festival Internacional de Cine de Catalunya, Sitges, y con la colaboración de Planeta de Agostini y Norma Editorial un acto benéfico con motivo del 75 aniversario de King Kong y que lleva por título “King Kong Solidario” cuyo objetivo es recaudar fondos para Médicos sin Fronteras.

Para ello diversas personalidades relacionadas con el mundo del cine, la ilustración y el cómic han cedido una ilustración original firmada representando a King Kong. Los originales serán expuestos durante el próximo Festival de Sitges (que se celebrará del 2 al 12 de octubre) y posteriormente se subastarán en Ebay, donando la totalidad de los beneficios a Médicos sin Fronteras.

La ilustración que presta su imagen para el cartel de la exposición es obra del ilustrador barcelonés Ramón Rosanas. Colaborador habitual de Scifiworld y que actualmente realiza trabajos para Marvel.

Tambien se editará un catálogo de la exposición que podrá ser adquirido durante el propio Festival, en la web de Scifiworld.es y posteriormente en librerías especializadas. Los beneficios obtenidos de la venta del catálogo también se destinarán a la mencionada organización.

Además cualquier persona que lo desee puede colaborar en la iniciativa donando la cantidad que estime oportuna a través del siguiente enlace de Médicos sin Fronteras.

Y aquí está el micro-relato con el que yo participé junto a otros grandes escritores:

 

Malos Augurios

   Y desde la distancia…a través de la espesa niebla matinal que cubría la isla logré ver la negra y gigantesca silueta de algo que se movía junto a la costa, algo encorvado y de movimientos ágiles. Más el barco,  aún estaba lejos y nadie me creyó, al igual que una noche antes, cuando el mar estaba calmo y la tripulación dormía, escuché aquellos martilleantes tambores que no eran más que vaticinio seguro de nuestra muerte.

Nuevo proyecto en el que participo

EL GATO DE 5 PATAS SACARÁ UN LIBRO DE CUENTOS INFANTILES SOBRE DISCAPACIDAD

El objetivo es sensibilizar a los menores sobre el papel en la sociedad de los niños y adultos con necesidades especiales

La asociación El Gato de 5 Patas prepara actualmente la publicación del libro `DisCuentos’, una antología de cuentos infantiles sobre discapacidad física e intelectual.

La antología, impulsada y coordinada por el periodista y escritor madrileño Rubén Serrano, promotor de la campaña benéfica `Literatura+Solidaridad’, tiene como finalidad sensibilizar a la infancia sobre el papel en la sociedad de los niños y adultos con necesidades especiales, además de apoyar a El Gato de 5 Patas en la financiación de sus proyectos de atención a personas con discapacidad.

El libro cuenta con la participación de escritores españoles como David Jasso (autor de libros como `La silla’ o `Día de perros’), Ismael Martínez Biurrun (`Rojo alma, negro sombra’, `Infierno nevado’), Sergio Mars (`El Rayo Verde en el Ocaso’), Roberto Malo (`Malos sueños’, `Maldita novela’), Emilio Bueso (`Noche cerrada’), Juan de Dios Garduño (`El caído’) o Roque Pérez Prados (`Veinte maneras de bajar al sótano’), e hispanoamericanos, como la chilena Diomenia Carvajal (`Los hijos del arcoiris’, `Las crónicas de Nina’), la panameña Melanie Taylor (`Amables predicciones’, `Tiempos acuáticos’), la peruana Tanya Tynjälä (`Cuentos de la Princesa Malva’, `La ciudad de los nictálopes’), o la escritora franco-chilena Claudia Pointet, entre otros.

Rubén Serrano explicó que “estos `discuentos’, como hemos querido llamar a los relatos, han sido concebidos para que los más pequeños entiendan qué significa tener una diversidad funcional y hacerles ver que un niño con discapacidad es exactamente igual que ellos mismos, contribuyendo de este modo a lograr una mayor integración.”

El libro, que ha sido ilustrado por el dibujante Rubén Francia (especializado en ilustración infantil y juvenil), estará a la venta el próximo mes de junio, al precio de 10 euros.

La primera edición constará de 2.000 ejemplares, aunque la intención es realizar sucesivas tiradas en los próximos años en función de la demanda. Estará distribuido principalmente en librerías de Madrid y en centros educativos de la Comunidad que lo soliciten.

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SENSIBILIZAR A LA SOCIEDAD

La publicación del libro contribuye a alcanzar uno de los fines de la asociación El Gato de 5 Patas: “Luchar, sensibilizar y colaborar para que las personas con discapacidad tengan más posibilidades de participación en la vida social de los municipios”.

Según la valoración del coordinador del área de infancia de El Gato de 5 Patas, Pablo Velado, “DisCuentos, además de ser un ameno libro infantil, cumple una función muy necesaria: que los niños con diversidad funcional aparezcan en los cuentos y en el arte no como discapacitados, sino como protagonistas o personajes de una historia, que se enamoran, descubren al impostor, viajan y encuentran la piedra filosofal… Todo ello independientemente de su condición de discapacitados”.

La asociación, declarada de acción social, trabaja en la Comunidad de Madrid por la integración y participación social de jóvenes y menores con discapacidad. Entre sus proyectos está la elaboración de la revista de información local `Sin Vergüenza’, escrita y editada por jóvenes con discapacidad. Su apuesta por la integración social se materializa en otros proyectos de atención a la infancia con discapacidad. Persigue la participación de este colectivo en los mismos recursos y actividades de ocio que la población general, con los apoyos que fueran necesarios.

QUERIDO HERMANO

QUERIDO HERMANO

 

¡Querido  hermano!,  ¡mi  hermano!,  cuan  tristeza  se  bate  mordaz  sobre    al  intentar  transcribir  estas  palabras.  Esta  despedida  fugaz  como  el  beso  de  una  virgen.  Porque  eso  es  lo  que  es,  hermano,  mi  adiós.

No  creas  cuanto  se  hable  de    pues  sólo  lo  que  yo  te  narre,  y  sólo  eso,  es  la  mera  verdad.  Pero  espera,  comenzaré  mi  terrible  historia  desde  su  principio  para  que  puedas  llegar  a  entender  cuan  grande  es  mi  desdicha.

Como  bien  ya  sabes  me  mudé  aquí,  a  Lyon,  hace  ya  casi  un  año.  Nuestro  padre,  que  en  paz  descanse,  nos  dejó  esta  finca  en  herencia  y  como  hermano  mayor  me  vi  obligado  a  atenderla  mientras    acababas  tus  estudios.

En  un  principio  el  hastío  rural  hizo  tal  mella  en    que  incluso  temí  volverme  enfermizo.  Pasaba  las  mañanas  supervisando  el  trabajo  de  nuestros  criados,  paseando  por  las  tardes,  viendo  nuestras  reses  y  nuestros  pastos.  Puede  decirse,  que  si  acaso,  mi  única  diversión  era  salir  de  caza  para  matar  a  los  lobos  que  mermaban  nuestro  ganado.

¡Ay,  hermano,  ojalá  mi  vida  hubiese  sido  siempre  así  de  monótona!

Digamos  que  todo  cambió  con  la  llegada  de  Eloisa.  Bendito  nombre,  bendita  mujer.  Tenías  que  haberla  visto  para  hacerte  una  idea  de  su  magnánime  belleza.  Quisiera  buscar  comparación  con  semejante  perfección,  quizá,  aunque  no  lo  puedo  asegurar,  si  fuese  hombre  mundano  podría  hacerla  pero  como  no  lo  soy  sólo  puedo  tallar  con  palabras  toscas  cuan  magnificencia  desprendía.

Su  rostro,  inmaculado,  pudiera  ser  digno  de  ser  tomado  para  dar  forma  a  una  virgen  en  la  maleable  madera.  Tenía  los  ojos  almendrados,  dulces,  de  singular  belleza  y  del  color  de  las  aguas  más  azules  y  más  puras  que  hayas  visto  nunca,  seguro.  Su  nariz,  era  digna  y  firme.  Sus  labios,  ¡ay!,  perdición  de  vergüenzas  y  pudores  para  muchos  hombres  tímidos  como  yo,  sin  duda.  Y  qué  decir  de  sus  rubios  y  brillantes  tirabuzones,  que  hasta  los  querubines  y  serafines  habrían  sentido  envidia  de  ellos.

Cuando  la  vi  por  primera  vez  bajaba  de  un  carromato  harto  lujoso.  Vestía  de  forma  ostentosa,  con  un  traje  perla  de  grandes  volantes  en  las  mangas.  Sus  formas,  su  cintura,  su  talle,  todo  inclinaba  a  la  perdición.  Y  querido  hermano,  como  supondrás,  no  pude  por  más  que  enamorarme  en  ese  mismo  instante.  Sin  un  nombre,  sin  una  mirada,  sin  una  palabra,  sin  nada  de  eso  había  conseguido  volverme  loco.

Pasé  la  noche  en  vela,  había  conseguido  averiguar  que  se  llamaba  Eloisa,  que  había  venido  a  pasar  una  temporada  con  su  tía  Marcia,  viuda  pudiente  y  de  gran  rango  en  el  pueblo  pues  su  marido  fue  general  de  los  ejércitos.  Y  poco  más,  pero  me  bastó  para  no  pegar  ni  ojo.

La  mañana  siguiente  lloraba,  grandes  nubarrones  negros  techaban  el  cielo.  Decidí  salir  al  pueblo,  pues,  aunque  había  renunciado  a  ver  a  Eloisa,  negocios  inaplazables  con  un  comerciante  de  ganado  requerían  de  mi  presencia.  Cogí  mi  capote  y  salí.

Llegué  puntual  a  mi  cita  y  cerré  el  trato  tan  satisfactoriamente  que  ni  salía  de  mi  asombro.  Fuera,  la  lluvia  encharcaba  con  más  violencia  calles  y  campos.

Monté  en  mi  caballo  y  me  dirigí  a  la  finca.  No  puedes  imaginar  cual  fue  mi  sorpresa,  cuando  a  la  salida  del  pueblo  me  topé  con  Eloisa.  Levantaba  ésta  un  paraguas  diminuto  que  apenas  la  protegía,  llevaba  los  bajos  del  vestido  empapados  y  embarrados,  y  cuando  levantó  la  vista  pude  ver  como  mechones  de  su  rubio  pelo  permanecían  apelmazados  a  su  frente.  Su  mirada  perpleja  se  clavó  en    de  tal  manera  que  sentí  como  mis  venas  traían  hasta  mis  mejillas  la  sangre  para  ruborizarme.  Aun  así,  hablé:

—¿De  dónde  viene  señorita  con  tan  violenta  lluvia  y  tan  desapropiados  ropajes?

Por  unos  instantes  su  mirada  se  volvió  afilada. Nunca  me  enteré  de  dónde  venía.

  Respetable  señor,  no  creo  que  eso  sea  cosa  de  su  incumbencia.—Espetó.

La  verdad  es  que  quedé  turbado  ante  tal  respuesta.  Ella  prosiguió  su  camino,  di  la  vuelta  a  mi  corcel  y  me  situé  de  nuevo  a  su  altura.

—Disculpe  mis  modales  señorita.  En  verdad  que  tiene  usted  razón.  Ruego  perdone  mi  desatino  y  me  deje  llevarla  a  casa  para  enmendar  mi  conducta.  Llueve  mucho  y  su  paraguas  la  protege  poco. 

Eloisa  se  detuvo  y  volvió  a  mirarme.  En  esta  ocasión  no  había  enfado  en  sus  ojos,  aunque  tampoco  supe  identificar  el  significado  de  su  mirada.

—No    si  debería,  no  le  conozco.  Mi  tía  no  aprobaría  tal  cosa.

—No  tiene  usted  por  qué  preocuparse.—Dije  casi  desesperado—  Con  esta  lluvia  nadie  podrá  vernos,  además  entraré  por  la  senda  que  hay  por  la  parte  de  atrás  de  su  casa.

Ella  permaneció  dubitativa.  Viendo  que  mis  ropajes  no eran  de vándalo, por  fin  asintió.

¡Hermano,  querido  hermano!,  si  supieses  lo  que  sentí  en  el  momento  en  que  sus  brazos  rodearon  mi  cintura.  Hubiera  querido  que  tan  estrambótico  paseo  hubiese  sido  eterno.  Que  se  prolongara  infinitamente  en  los  brazos  del  tiempo,  hasta  hacerme  perder  la  cordura.

Tardamos  poco  en  llegar,  se  apeó  con  garbo  del  caballo  y  me  dio  las  gracias.  No  pude  evitar  preguntarle,  con  un  tartamudeo  irrisorio,  si  quería  que  al  día  siguiente  paseáramos  juntos,  si  el  sol  lo  permitía.  Ella  no  pudo  tampoco  evitar  sentir  rubor,  lo  que  me  animó  en  sobremanera.

—Opino  que  es  usted  un  poco  atrevido.  Ni  siquiera  sabe  mi  nombre,  ni  yo  el  suyo.

—Me  llamo  Jean.—  Me  apresuré  a  decir.  En  realidad,  yo    sabía  el  suyo.

—Eloisa.

—Eloisa…Eloisa. —Repetí  yo  inconscientemente.  Paladeando  tan  dulce  nombre.

—Estimado  señor,  no  apure  tanto  mi  nombre,  que  me  va  a  dejar  sin  él.—Dijo  riendo,  mostrando  unos  dientes  tan  blancos  como  los  famosos  bancos  de  sal  de  Turdesail.

—Oh, oh,  perdón. — Dije —  Entonces, ¿gustaría  de  pasear  agradablemente  conmigo?

Ella  negó  con  la  cabeza  y  creí  que  iba  a  morir  allí  mismo.

  Si  quiere  que  eso  sea  posible  algún  día,  deberá  venir  a  presentarse  ante  mi  tía.  Frecuentar  con  nosotras  la  misa  los  domingos,  tomar  café  aquí  muchas  tardes  y  ya  veríamos.

  De  nuevo  no  pude  por  más  que  sentir  gran  vergüenza.  ¿ Pero  dónde  había  perdido  yo  los  modales  que  nuestro  amado  y  respetado  padre  inculcó  en  nosotros  desde  corta  edad?,  ¿Qué  hacía  yo  casi  rebajando  a  mi  diosa  al  nivel  de  una  despendolada  cortesana?  Por  supuesto,  me  disculpé  de  inmediato  con  atropelladas  palabras.

Ella  reía  al  ver  mi  turbación  y  esto  provocaba  que  mi  boca  y  mi  mente  no  marcharan  al  mismo  paso.  En  definitiva,  quedé  en  que  al  día  siguiente  me  presentaría  en  casa  de  la  señora  Marcia.

Digamos,  hermano,  que  todo  a  partir  de  ahí  transcurrió  tan  rápido  que  parecía  yo  estar  sumido  siempre  en  obnubilaciones. 

Su  tía  fue  cortés  conmigo  desde  un  principio,  y  aunque    que  desde  el  empiece  ella  veía  en  mi  mirada  el  amor  que  yo  dirigía  hacia  su  sobrina  nunca  dijo  ni  hizo  nada  para  apartarme  de  ella.  Al  contrario,  al  saberme  de  buena  y  adinerada  familia,  noble  y  responsable,  me  facilitó  la  tarea. 

Así  que  el  amor  nos  dio  la  razón  y  yo  fui,  durante  pocos  meses,  el  hombre  más  afortunado  del  mundo.  Y  al  que  me  hubiese  dicho  que  no  lo  era,  lo  hubiese  atravesado  limpiamente  con  mi  florete.

  Paseaba  con  mi  amada,  ya  a  solas,  y  a  sabiendas  oficialmente  de  que  era  mi  prometida,  por  prados  verdes  y  florecidos.  Jamás  pude  imaginar  amazona  tan  linda  y  ágil.  Respiraba  tanta  vitalidad,  tanta  energía,  que  temía  no  estar  a  su  altura,  pues  ya  sabes  hermano,  que  soy  tranquilo  por  naturaleza.  Pero  ella  no,  ella  era  un  ciclón  que  desmoronaba  casas,  destruía  cercados  y  plantaba  caos  por  donde  quisiera  que  fuera.  Así  estaba  dejando  mi  corazón,  patas  arriba.  Mis  actos,  cualesquiera  que  fuesen,  iban  dirigidos  a  despertar  en  ella  un  sonrisa,  un  brillo  de  sus  ojos.  Vivía  para  hacerla  feliz,  imagínate  si  digo  verdad,  que  hasta  me  había  olvidado  de  mi  propia  existencia.  En  más  de  una  ocasión  me  había  advertido  ella  de  mi  desaliño  pues  yo  permanecía  ajeno  a  mi  mundo  terrenal  para  visitar  furtiva   y  frecuentemente  el  suyo.

Todo  iba  bien,  inmejorable.  Incluso  ya  tenía  pensado  mandarte  una  carta  para  invitarte  a  nuestras  próximas  nupcias,  y  hablarte  de  mi  querida  Eloisa.

Pero,  ¡Maldición!  Toda  esta  pesadilla  comenzó  un  día  fresco  de  verano. Hace poco.

Habíamos  acudido  a  la  rivera  que  está  próxima  al  pueblo,  la  que  goza  de  fama  por  el  tamaño  de  sus  carpas.  Yo  me  entretenía  en  pescar,  mientras  que  ella,  mi  amada,  entrelazaba  flores  para  hacer  una  corona  de  bellos  pétalos.

Cuando  hubo  acabado,  se  acercó  hacia  las  grandes  piedras  en  las  que  yo  permanecía  con  la  caña  en  alto.  Portaba  la  corona,  reía,  levantándola  con  señal  de  ponérmela.  Pero  lo  que  en  aquellos  momentos  atribuí  a  la  desgracia  quiso  que  Eloisa  tropezara,  cayendo  de  bruces,  chocando  contra  piedras  punzantes  y  crueles  hasta  caer  al  agua.

Sin  dudarlo  y  sin  desvestirme  me  arrojé  al  agua.  La  saqué  hasta  la  orilla  y  comprobé  su  estado.  Estaba  herida  en  el  brazo,  aunque  no  revestía  ninguna  gravedad,  algunos  arañazos  rojizos  habían  aparecido  en  su  cara.

Me  miraba  con  angustia  y  se  aferraba  a  mi  cuello  como  un  condenado  se  aferra  a  su  verdugo.

—Amado  mío,  creí  que  moría  y  te  perdía.  Eso,  me  causa  mayor  ansiedad  que  el  daño  que  haya  podido  sufrir.

Sonriendo  dije:

—Ni  el  diablo  nos  podrá  separar,  amor  mío.

Lavé  sus  heridas  y  la  llevé  a  la  casa  de  la  señora  Marcia.  Allí  la  atendió  el  médico  del  pueblo  debidamente.  Aunque  ya,  hermano,  contra  todo  pronóstico,  no  pudo  levantarse  más  de  esa  cama.

Aquella  noche,  según  me  contó  su  tía,  una  fiebre  alta,  acompañada  de  grandes  temblores,  dominó  su  cuerpo.  Ya  no  me  separé  más  de  ella.  En  los  días  siguientes  su  salud  empeoró,  El  médico  no  conseguía  hallar  la  causa  de  tan  extraña  enfermedad,  cuando  dijo  que  Eloisa  iba  a  morir,  que  no  pasaría  de  aquella  noche,  casi  me  echo  a  su  cuello  y  lo  estrangulo.  Te  juro,  hermano,  que  varios  criados  me  tuvieron  que  retener  para  no  cometer  el  asesinato.  El  médico  se  retiró  y  yo  me  arrodillé  frente  a  la  cama  de  Eloisa.

Ella,  que  parecía  presentir  su  fin,  agarró  débilmente  mi  mano  y  me  habló  con  estas  palabras:

—Amor  mío,  mi  ángel,  mi  salvador  en  los  días  de  lluvia.  Siento  que  debo  a  Dios  una  cuota  imposible  por  haberme  puesto  a  tu  lado.  Por  haber  hecho  días  tan  dichosos  para  mí.  No,  no  llores  así,  querido.  Cuando  yo  me  haya  ido,  olvida  estos  días,  entiérralos  conmigo  en  mi  ataúd.  Pues  si  no,  martirizarán  tu  vida,  haciéndote  muerto  en  vida,  vegetal  en  hombre.

Yo  me  aproximé  más  a  ella,  para  sentir  más  de  cerca  su  respiración,  para  ver  que  su  pecho  subía  y  bajaba  pues  ya  ni  eso  era  perceptible.

—No  podré  vivir  si  ti,  cariño.  En  cuanto  mueras  me  quitaré  la  vida  para  acompañarte  adonde  vayas.

— ¡Nunca! — Exclamó —  ¿Me  oyes?  De  ser  así  nunca  estaríamos  juntos,  ni  en  toda  la  eternidad.  Vive  tu  vida,  lo  mejor  que  puedas.  Que  yo  velaré  por  ti.  Te  amo,  querido.

Dicho  esto,  murió  entre  estertores,  con  sufrimiento.

Las  velas  de  su  aposento  danzaron  burlescas  pues  allí  no  circulaba  la  menor  corriente  de  aire.

Todo  eso  sucedió  ayer,  hermano.  Créeme  que  me  volví  loco,  intentaba  golpear  con  la  cabeza  todo  objeto  duro  o  punzante.  Pese  a  lo  que  me  había  dicho  Eloisa,  quería  acabar  con  mi  vida,  porque  hasta  un  día  si  ella  era  demasiado  tiempo,  imagina  el  vértigo  que  sentía  de  pensar  en  una  vida  entera.

El  médico  tuvo  que  venir  de  nuevo,  y  ayudado  por  tres  criados  me  inyectó  en  el  brazo  un  tranquilizante.  Fue  así  como  asistí  al  entierro  de  mi  amada.  Medio  drogado,  tanto  que  ni  apenas  me  di  cuenta  del  sepelio.

Cuando  me  llevaron  a  casa,  no  pudieron  por  más  que  desvestirme  y  acostarme.  Luego,  se  fueron  dejándome  solo.  Sufrí  extrañas  pesadillas  en  las  que  Eloisa  me  llamaba,  clamaba  mi  nombre,  mientras  permanecía  en  un  sitio  oscuro  y  frío.  En  su  ataúd.

Cuando  desperté,  esta   misma  noche,  tenía  la  acuciante  necesidad  de  acudir  al  cementerio.  Tenía  que  rescatar  a  mi  amada  pues  no  dudaba  de  que  lo  que  se  había  producido  en  mis  pesadillas  fuese  verdad.  Lo  sentía  muy  adentro  de  mí.

Así  que  monté  en  mi  caballo  y  acudí  raudo  al  cementerio.  La  noche  era  oscura,  casi  gélida  pese  a  ser  aún  verano.  El  viento  ululaba  por  entre  las  tumbas  como  un  fantasma  errante.

Vi  al  enterrador,  que  paseaba  con  un  candil  por  entre  las  tumbas,  pero  que  ahora  se  dirigía  hacia     presuroso  y  preguntando  que  quién  era.

Cuando  llegué  casi  hasta  su  altura  dijo:

— ¡Ah,  diablos,  es  usted…!

No  pudo  decir  más  pues  di  una  patada  en  su  cabeza  con  todas  mis  fuerzas.  No  podía  pararme  a  dar  explicaciones,  ni  a  encontrar  impedimentos  pues  la  vida  de  mi  Eloisa  estaba  en  juego.

Arrebaté  una  pala  del  cobertizo  del  cementerio  y  corrí  hacia  la  tumba  de  mi  prometida.  Cavé  con  furia,  gritando  que  aguantara,  que  pronto  la  salvaría.  La  tierra,  blanda,  no  oponía  resistencia,  así  que  pronto  topé  con  el  féretro  y  tras  varios  intentos  infructuosos  logré  abrir  la  tapa.

Hermano,  juro  por  Dios  que  lo  que  te  digo  ahora  es  cierto,  no  me  tomes  por  loco  pues  sino  todas  estas  palabras  no  tendrán  significado.

Cuando  abrí  la  tapa  ella  tenía  los  ojos  abiertos,  como  platos.  Pude  apreciar  fugazmente  que  el  interior  de  la  tapa  estaba  arañado,  los  había  hecho  ella  en  un  vano  intento  de  abandonar  su  infernal  morada.

Me  agaché  y  abrazándola  la  saqué  del  interior  sin  apenas  esfuerzo.  La  miré  con  incredulidad,  con  el  corazón  rebosando  amor  ante  tan  celestial  hecho. Pues estaba viva.

Pero  mi  alegría  sufrió  un  grave  traspiés,  su  mirada  no  respondía  a  estímulos,  mis  palabras  no  surtían  efecto  en  su  persona.  Temí  que  hubiese  entrado  en  un  estado  de  shock  tan  fuerte  que  no  pudiese  salir  de  él  y  abrazándola  de  nuevo  la  llevé  a  mi  caballo.  Tenía  que  llevarla  a  nuestra  casa  y  después  llamar  al  médico  para  que  la  auscultase,  y  sacase  del  trance.

Cuando  llegamos  subimos  a  la  segunda  planta,  la  dejé  en  mis  aposentos.  Encima  de  mi  cama.  Ella  seguía  con  los  ojos  abiertos  de  par  en  par,  clavados  en  el  dosel  de  la  cama.

Súbitamente    golpes  en  la  puerta  de  abajo,  seguido  de  gritos  tales  como:

—¡Profanador  de  tumbas,  deja  a  los  muertos  descansar  en  paz!

—¡Maldito  seas,  mereces  la  muerte  y  te  la  vamos  a  dar!

Me  asomé  a  la  ventana  y  vi  como  una  jauría  de  personas  golpeaban  la  puerta,  portaban  antorchas  y  todo  tipo  de  armas.  Acudían  cada  vez  más,  a  matarme,  pues  no  sabían  que  yo  venía  de  salvar  a  mi  amada  y  no  de  profanar  su  tumba.  Me  di  la  vuelta  para,  junto  con  ella,  bajar  y  demostrarles  que  se  equivocaban,  que  milagrosamente,  Eloisa  había  sobrevivido  a  la  enfermedad,  a  la  muerte  y  que  estaba  entre  nosotros  de  nuevo,  por  gracia  del  Señor. 

Fue  entonces  cuando  lo  vi,  y  me  di  cuenta  que  había  sido  engañado  por  El  Maligno.

Eloisa  permanecía  de  lado,  muerta,  mirándome  con  ojos  vacíos,  vidriosos,  mientras  que  de  su  boca,  horriblemente  abierta  hasta  deformar  su  rostro  salía  un  pequeño  ser  deforme, de  aspecto  indecible  e  indefinible,  tan  rojo  como  la  sangre.  Cayó  al  suelo  como  si  de  un  extraño  y  nauseabundo  parto  se  tratase. Me  miró  con  ojos  amarillos  y  pupilas  rasgadas  de  felino  y  dijo:

—Ni  el  diablo  nos  podrá  separar,  amor  mío.— Se  rió  mostrando  unos  descomunales  colmillos  y  desapareció. Tal  y  como  te  digo  hermano, ese  engendro  dejó  de  estar  allí.

Después  me  puse  a  escribirte  esta  carta.

      Los  aldeanos  acaban  de  derribar  la  puerta.

Me  queda  poco  tiempo,  sólo  decirte  que  te  quiero,  y  reiterarte  que  no  creas  nada  de  lo  que  digan  a  mi  muerte. Espero  que  el  diablo  sólo  nos  haya  podido  separar  en  esta  vida  a  mi  amada  y  a  mí.

Hasta  siempre. Jean.

 

 

 

Cambio de Blog

Buenas, amijitos!

Después de haber tenido problemas de acceso a mi antiguo blog he decidido crear éste (con la inestimable ayuda de Juantirita) para que sigais leyendo las paranoias que me dan por escribir.

Dicho esto espero que disfrutéis mucho en esta página.